jueves, 1 de abril de 2010

Cuento: La Máquina


“...Así fue como desgraciadamente (afortunadamente) terminé aquí, resignándome a acatar las ordenes y a mis ambiciones científicas. La verdad es que nunca debí incurrir en la flojera porque, después de todo, los alemanes ya estaban construyendo una bomba: era mi responsabilidad ayudar al grupo a construir una bomba antes que los alemanes lo hicieran. Al mundo entero le constaba las desventuras que representaría si los alemanes llegaban a construirla primero.

Recuerdo la noche cuando conseguimos por fin, en una pila de uranio y grafito, mantener una autónoma reacción nuclear en cadena... Lo desesperante que fue: estábamos todos los científicos del grupo. Analizábamos lo que suponía nuestro hallazgo. Forné apresuradamente propuso enviar los resultados a Einstein para que, como gran..., escribiera una carta al presidente comunicando la noticia. La noticia de aquel fenómeno mediante el cual conduciría a fabricar bombas extremadamente potentes. ¡Así evidentemente intimidaremos al enemigo!, exclamó Forné ingenuamente...

Todos permanecimos en silencio y una voz que escapó de la oscuridad contaminó nuestro silencio. Era la voz del general Smith. Smith, era algo así como el supervisor y nos correspondía informarle los últimos avances acerca de la bendita pila. Nosotros en vano argüíamos razones físicas para explicar las apariciones tan inmediatas de Smith y, ¿cómo rayos hacía para aparecer justo en los momentos menos oportunos? La cosa es que ahí estaba Smith y no había como darle la vuelta al asunto, sino contestar a sus preguntas.

Smith se acercó a la pila; la tocó, meditó, sonrió, y preguntó:

-¿Y para qué sirve esto?

No debió sorprenderme que haya pronunciado semejante pregunta tan estúpida. Pregunta que casi me hace prorrumpir en ira. Yo quería arrancarme la camiseta como Hulk Hogan y levantar la pila de uranio y lanzarla contra la ventana del laboratorio y enseñarle mi pene a las cámaras de seguridad. Pero al punto de cometer una estupidez, se me adelantó el director técnico y le contestó:

-Es un dispositivo donde se produce una reacción nuclear controlada.

Smith con una sonrisa exagerada volvió a preguntar:

-¿y qué pasaría si dicha reacción es... incontrolada?

Volví a sentir esa agitación de antes, pero esta vez me sentí envuelto por una atroz incertidumbre, Me pareció que Smith lo sabía todo. Pero, ¿cómo podía saberlo? ¿Cómo? Confundido me fui a la habitación, refunfuñando, mientras lanzaba gemidos cavernosos; y ahí estaba la cama de hierro y el velador a lo que llegué a mi pieza. Mi cuarto era detestable: una caja grisácea, que diariamente me anda machacando las infaustas consecuencias que entraña el plutonio y el uranio. Asimismo me recuerda lo estúpido que fui por dejarme llevar por el romanticismo. Pagando por mi flojera, una vez más, me digo cada vez que me acuesto en la estrecha cama de hierro ¡gris! ¡Ah, vida desgraciada la mía! Ahora todo a mi alrededor era gris. Las circunstancias que me obligaron a la abyección de ser un monstruo, eran también grises. El gris iba más allá de todas las decisiones porque precisamente este gris y, precisamente ahora, las subyace. Ahora todo en mi puerca y detestable vida era color gris.

En la madrugada, acostado, quería incorporarme de un salto, salir al laboratorio que no distaba mucho de mi habitación. Quería ver la bomba de cerca; quería contemplarla eternamente; quería sentirla con mis manos, olerla, lamerla... Me parecía increíble que ese dispositivo contuviera dentro de sí todo un sistema capaz de generar increíbles cantidades de energía. Me la figuraba dentro de mí cuerpo y creí absurdamente sentir a mi alrededor una pululación de neutrones: unos neutrones causando la fisión de otro átomo fisible. esparciendo varios átomos que a su vez causen otras fisiones. Ahí estaban atrapadas en esa pila, bajo mi voluntad. Sentía cómo esos átomos lo suficientemente fuertes causaban otras fisiones, creando esa hermosa reacción en cadena. Un sistema... me dije en voz alta; un sistema ordenado y controlado. Pero, ¿cuál es el fin de este sistema, y quién está detrás de todo esto? Y volví a sentir esa pululación de antes. pero esta vez más acelerada, ya vertiginosa. La respuesta era simple: yo.

La insoportable presencia de Smith esfumó esas divagaciones. Vi el rostro que la luz tenue de la mañana iluminaba y, vi, esa misma y casi intolerable exagerada sonrisa; esa detestable y horrible sonrisa: Smith requería la presencia de todos los científicos del proyecto para la prueba.

-Veremos lo que ocurre cuando no hay control - dijo Smith.

Caminábamos todos hacia el observatorio. Nadie dijo nada. Todos estábamos ansiosos por presenciar esa fuerza temible, hermosa. Por un instante, extrañamente volví a pensar que el general se refería al famoso sistema con el que se rige el mundo. Pero al rato me convencí que eso era imposible ¿cómo era posible que aquel átomo fisible iba a saberlo? Smith se detuvo y abrió una enorme puerta de acero. Adentro, justo a mi frente estaba una gran ventana que ceñía desde izquierda a derecha la pared entera; asimismo estaban todas las máquinas necesarias y las distintas cámaras que iban a grabar el suceso. Afuera de la instalación, bien al fondo del suelo desértico, estaba la torre de acero de veinte metros que contenía la bomba. (Días antes, curiosamente, un periodista había escrito bastantes borradores que mandó a su oficina al periódico en el que trabajaba, para informar en caso de que una catástrofe ocurriese, que los pobres científicos habían muerto en un accidente extraño, que por andar jugando con fuego, terminaron quemándose...) Muy prontamente escuchamos la señal. Era Smith, ansioso, y más insoportable que nunca.

Un megáfono empezó la cuenta regresiva: nueve, ocho, siete, seis...

-Esto ocurre cuando se pierde control -volvió a repetir Smith

Cuando se decide causarlo, me dije mientras luchaba contra las gafas protectoras cuya cuerda de cuero se había enrollado en mi cabello. La inminencia de la situación naturalmente, urgía a que me pusiera correctamente las benditas gafas, a como de lugar, ya que, de lo contrario, podría haberme quedado ciego (era una posibilidad). Así, volví a jalar con fuerza, desesperado, una y una vez más, pero las gafas terminaron en mi boca. Jalé de nuevo, ahora hacia arriba, pero la cuerda se trabó en mi nariz; seguí insistiendo hasta que finalmente se soltó de la nariz y como una bala dio contra mis ojos y, para colmo de males, en su lugar incorrecto. Ahora una cuerda aplastaba mi oreja y la otra parte insistía en jalarme mechones del cabello. Decidí presionar los lentes hacia abajo, logrando al menos cubrir un ojo, el derecho.

Las montañas se iluminaron, tornándose de varios colores, como un maravilloso arco iris, hasta que todo se torno blanco. Fue hermoso. El jefe del grupo hecho el sensible y la víctima citó una frase del Gita: ahora me he convertido en la muerte, destructora de mundos. Afirmación egocentrista porque, en realidad, ahora, todos éramos unos hijos de puta.

La bola de fuego se había alzado 12 kilómetros del suelo.


Agosto, 2009


(*) = Se cree que el autor decidió eliminar el relato de cómo trato de escapar de las manos del general Smith por su patetismo y estupidez. Se puede decir, por lo tanto, que por vergüenza los eliminó. A continuación, he adjuntado algunos extractos que sobrevivieron al fuego que, de alguna forma, lo explica todo:


“En las escaleras me topé con una niña que bajaba con su bicicleta; juzgué que la bicicleta iba a serme útil y se la robé, pero en medio camino tuve que abandonarla, porque las florecitas llamaban demasiado la atención; de hecho me hacía sentir muy vulnerable y, sobre todo, infinitamente estúpido.”

“Adentro recorrí varios vagones. Recuerdo haber visto un gitano leyéndole las cartas a una señora, unas viejas emborrachándose con brandy, una niña aterrada leyendo a Sade. Crucé el vagón y, angustiado, me encerré en el baño. Ahí me asomé por la pequeña ventana y, ahí, estaba él en el andén, acompañado con su séquito de oficiales, buscándome. Me encogí en el escusado, desesperado, huyendo de la temible ventana y lejos de la luz que lo descubre todo. Pero el tren arrancó, por fin. ¿Había logrado burlar a Smith?”

“De pronto, alguien empezó a tocar la puerta del baño. Abrí la puerta, Era Smith.”



1 comentario:

  1. Puedo decirte que lo mejor del relato son los fragmentos rescatados del fuego??? Me encantan.
    saludos,

    matilde

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