Todo se fue al carajo cuando encontraron al papa. Tras varios años de búsqueda, el cuerpo lo encontraron en el piso noventa, columna sesenta y seis, complejo mil uno, en un día caluroso, húmedo, e insoportable.
El lugar en donde lo hallaron es muy deprimente. Lo llamamos el cultivo, pues es ahí en donde la gran mayoría de la población fue encerrada e inmersa en suspensiones cargadas de nutrientes que la mantenía, no obstante en un estado inconsciente y con un destino bien definido: Ser nuestra comida. A nosotros, por razones hasta ahora no muy claras, nos obligaban comerlos, y vivíamos a las orillas de la enorme infraestructura que los invasores fabricaron, inexplicablemente, en pocas horas.
Ahora bien, no es que nosotros seamos caníbales. Los invasores nos impusieron estas costumbres, las cuales son muy contrarias a las nuestras de antes, en el extremo. Cómo no quisiera comer un culito de gallina o una arepa! Pero no. No podíamos: se nos prohibió comer la carne animal e incluso cualquier verdura, fruta... Es decir, la única forma de obtener energía y nutrientes para que nuestros cuerpos puedan cumplir sus funciones básicas y sobrevivir, era comiéndonos al resto de la población humana. Era una cuestión de vida o muerte.
No se sabe mucho de los invasores. Lo que se sabe es que no son de nuestro mismo sistema solar y que son superiores a nosotros en todo. Vale la pena notar que su superioridad no es como nuestra presunta superioridad sobre incluso la cucaracha. Ni los mismísimos dinosaurios se libraron de la respetable cucaracha, quien ha sobrevivido más de trescientos millones años, algo que aún no hemos logrado y es cuestionable si algún día lo vayamos a lograr. Que no construyan casas es irrelevante para la cucaracha.
Los invasores, en cambio, nos ganan en todo. Repito: Nos ganan en todo. Nuestra evidente inferioridad nos hacía sentir obsoletos y completamente redundantes en la existencia. No había algo que pudiéramos hacer sin que ellos ya lo hayan hecho y con un arte diez mil veces superior; y no hace falta recordar que conciben lo inconcebible para nuestras mentes, aunque sí podíamos contemplar lo increíble y lo maravillo de lo imposible que su arte generaba, el cual nos brindaba una satisfacción inconmensurable, involuntaria, inconsciente… y que, al mismo tiempo, nos pudría por dentro.
Al principio, como era de esperarse, muchos se negaron a matar y comer gente, y de manera clandestina se trató alternativas. Hubo de todo, desde gente que trató de conseguir los minerales comiendo tierra hasta los que cultivaban microalgas en sus casas y eran descubiertos por las minúsculas emisiones de dióxido de carbono de su cultivo clandestino. El hecho es que todos los que trataron violar las nuevas leyes, sin excepción, han sido descubiertos, y el peso del régimen les caía con todo su peso y los aplastaba como tristes e insignificantes insectos. Y no solamente los transgresores sufrían las consecuencias: el resto también, porque los culpables inmediatamente pasaban a ser comidos por sus relativos más cercanos, fuere familiar o amistad, en una medida para desalentar futuros actos rebeldes e incentivar la disciplina sobre la comunidad. Mi hijo, por ejemplo, fue uno de los primeros transgresores. Me lo tuve que comer. Muchos atravesaron por lo mismo y muchos se quebraron y enloquecieron, incapaces de superar la experiencia trágica que se expresó en diversas formas destructivas.
Hubo, sin embargo, un último esfuerzo por tratar de evitar comernos la población humana y eventualmente acabar con la especie. Ingeniamos varias estrategias con un mismo objetivo y el hecho es que no se dio, ya que al poco tiempo de implementar el plan, hemos sido descubiertos, gracias a nuestras emisiones gaseosas que nos delataron, pues la composición de nuestros gases era suficientemente distinta al promedio. La verdad es que nosotros nunca pensamos que los invasores llegarían tan lejos…
Esta vez el castigo, por suerte, no fue tan drástico, quizás porque terminaríamos comiéndonos antes de lo planeado. Lo que hicieron, entonces, fue mandarnos unos animales extraterrestres que procesaban nuestra comida. En otras palabras, estos animales comían la carne, la defecaban, y ahora esa era nuestra comida. La situación es análoga a cierta forma de alimentarse los conejos, con la diferencia que aquí sería una simbiosis entre dos organismos de dos formas de vida completamente distintas, lo cual, tengo que admitirlo, era muy interesante. La otra importante diferencia, claro está, es que el conejo come su propia mierda. Aquí nosotros nos estamos comiendo la mierda de un animal extraterrestre. Yo, por lo menos, preferiría comerme mi propia mierda. Claro que comer mi propia mierda me mataría, y eso ahora que lo pienso sería un consuelo. Pero no llegué a tal punto; el castigo no fue perpetuo y la vida regresó a la normalidad eventualmente.
Cualquiera diría que vivimos en un mundo horrible, invivible... Lo cierto es que una vez uno se acostumbra y con rutina establecida, la vida era muy tranquila, libre de preocupaciones, y con un sistema de creencias y una fe, a pesar de todo, terriblemente sólida, hasta que lancé al papa a los leones, claro está. Nuestra vida era, en honor a la verdad, bastante estable. El aburrimiento, eso sí, era digno de preocupación y eso lo solucionamos al inventarnos algún oficio. Yo, por ejemplo, me distraía preguntándome si la infraestructura del cultivo consumía más energía que la energía encapsulada en los cuerpos que mantiene y cosas por el estilo. Otros, en cambio, les preocupaba más entender el hecho muy peculiar que nos obligaban a comer solamente carne humana. El resto era más sencillo: creían lo que les convenía y se dedicaban a buscar personajes históricos en el cultivo, lo cual, al principio, empezó como una actividad algo similar al hobby de antaño de colección, fuere de estampillas, cucharas, putas… y terminó volviéndose en una actividad religiosa, en la que se identificaba a la gente “pura” dentro del cultivo; y esto, como cuestión de hechos, fue lo que inició la búsqueda por el papa, siendo él, pues, la más alta autoridad de la iglesia establecida de antaño y, por tanto, tenía que ser más puro que los demás, claro está. La gran mayoría, en consecuencia, se distraía buscando el bendito papa, en una infraestructura que preservaba alrededor de nueve mil millones de cuerpos! Yo la verdad nunca creí que lo encontrarían tan pronto. Evidentemente me equivoqué.
A mí me llamaban la atención ciertas estructuras en el cultivo que parecían reactores nucleares (los de fusión) con ciertas diferencias, por supuesto, que estaban conectados a una estructura que, supongo, tenía que ser el equivalente a una turbomáquina y alternador. Una importante diferencia era que, mientras nosotros nos contentábamos con extraer quizás el uno por ciento de la transferencia de energía involucrada en todo el proceso, ellos, juzgando por el tamaño del reactor y la demandas energéticas del cultivo, de alguna forma adquieren un porcentaje muchísimo mayor. De lo contrario el complejo no sería posible y el cultivo se habría echado a perder por falta de energía. Yo incluso me atreví a creer que ellos podrían llegar hasta el cien por ciento y esto significa que ellos habían dilucidado el mecanismo de conversión de materia a energía y viceversa, y la respuesta de cómo lograrlo estaba a nuestras narices. Cierto o no, la idea era verdaderamente fascinante; y me dediqué a invertir la ingeniería con la esperanza de revelar el mecanism algún día.
Tal proyecto significaba tanto para mí, que me absorbía completamente. Incluso cuando descansaba, solo imaginaba lo que podría hacer con tal capacidad. La verdad es que podría hacer cualquier cosa, pero me limitaba a imaginar la creación de naves estelares que logren desprendernos de la bóveda celeste en la que estamos sometidos, limitados a ver el pasado cada vez que miramos a las estrellas; y encontrar el hogar de los invasores y explotar una bomba tan masiva que acabe con todos esos miserables.
Mientras yo andaba distraído en mis delirios, alguien más preocupado por tratar de entender la forma de alimentación que nos habían impuesto, hizo la observación que nuestra sociedad era, después de todo, muy respetuosa del medio ambiente. Producir un cuerpo humano, el hombre argumentaba, requiere energía y una serie de compuestos orgánicos y minerales que los conseguimos al comernos tejidos animales y vegetales, los cuales, a su vez, provienen de seres vivos que los adquieren comiéndose otros tejidos o, en el caso plantas, del suelo y mediante el proceso de fotosíntesis. Al comernos nosotros mismos, concluía, estamos reciclando tales recursos.
A mí el tipo me dejó pensando. Si el cultivo no estaba destinado a ser comida para los invasores en algún futuro, como algunos creían, implicaba que a los invasores les interesa el reciclaje; y no cualquier reciclaje, por supuesto. Los infelices nos obligan específicamente a rehusar recursos capturados en nuestros cuerpos y esto es decir que teníamos prohibido acceder a más recursos de la naturaleza, como si ya hemos llegado al tope del “cupo”. Por poco es como si nos pusieran una restricción de cuánto oxígeno la población humana podría procesar y, pensándolo bien, esa restricción sería preferible.
Pero, a pesar de todo, nos guste o no, esa observación fue la primera que nos ayudó a comprender nuestra circunstancia y los motivos de los invasores, y generó muchísimo entusiasmo. No tardó en surgir varias extensiones al argumento original, esta vez destacándose el rol de los invasores como intermediarios y el de la naturaleza como el centro de todo y como reciclador, la cual la gente terminó alabando y en consecuencia surgieron rituales; rituales muy sagrados, por cierto, en donde cogíamos el remanente de un creyente que producíamos tras asimilar la materia orgánica de su cuerpo y la usábamos para fertilizar un árbol de nuestra preferencia, cuando el momento ameritaba, claro está. Al hacerlo, cantábamos en coro siguiendo una progresión armónica que nos invoca sentimientos de superstición, que tenemos establecida de antemano, y uno era libre de improvisar una melodía para facilitar la transfiguración de la caca en naturaleza.
Yo sí sé cuando todo empezó a irse al carajo. Esto fue desde el momento en que se empezó a creer que al asimilar las moléculas que constituían a otra persona, durante la digestión, que de alguna forma también estábamos asimilando su esencia. Yo no sé lo que engendró tales ideas. Quizás un derivado de la incapacidad de aceptar el hecho que matábamos gente para nuestra supervivencia y que terminábamos cagándolos. No lo sé. Tampoco es importante. Lo importante es que, a partir de ese momento, la gente discriminaba la comida. Ahora solamente se quería las personas que se juzga ser comida pura y el resto no importaba. De hecho, esta fue la causa por la cual la gente empezó a coleccionar y comer gente “pura”, lo cual terminó convergiendo en la búsqueda del cuerpo del papa.
Yo nunca pude aceptar esas creencias. Primero, la idea de que la esencia de mi hijo vive dentro de mí porque me lo he comido no me agrada. Segundo, ninguna de esas creencias nos sirven de algo. El problema sigue: estamos conquistados. Lo único con que podría estar de acuerdo es con lo que algunos dicen, si es que a alguien le interesa saberlo, claro está, que a los cristianos y católicos les había llegado la resurrección. Hay mucho que decir sobre esto y no me voy a molestar en refutarlo.
Y entonces se llegó el día que hallaron el cuerpo del papa,.. el escándalo y el alboroto que el descubrimiento generó. Era insoportable. Pero acaso alguien se lo pudo haber imaginado que tal día iba a llegar tan pronto? La gente estaba en éxtasis y muy alegre, muy alegre. Una masa de muchedumbre paseaba el cuerpo por todos lados. La gente extendía las manos tratando de tocar el cuerpo y otros con los pocos bebés alzados, los inocentes bebés que tanto adoran y disfrutan la carne humana, bregando que fueren tocados por la presunta encarnación de la pureza. Al cuerpo, por cierto, también lo llevaron al bosque en donde depositábamos los residuos de los reciclados; y en honor a los consumidos, cogimos del suelo sus vestigios y se lo estregamos por la cara al papa, con la esperanza de que los consumidos también reciban un poco de su bendición.
Pero la gente no paraba de hablar de las partes del cuerpo que querían comerse. Yo escuché que unos querían comerse los ojos. Otros querían el cerebro. Sin embargo, la gran mayoría tenía un interés muy particular por los testículos. La superstición alrededor de los testículos es muy curiosa. Creían que los nobles testículos les permitirá engendrar santos, hijos “puros”. Lo menos interesante, en contraste, era el corazón. Ser muy empático interfiere con nuestros hábitos alimenticios y nadie quiere morirse por hambre. Preferible que se mueran los buenos valores, naturalmente.
Era evidente que la gente ya tenía claro lo que quería y los líderes, en cambio, estaban nerviosos, porque, claramente, era muy posible que los nobles testículos, en particular, no iban a alcanzar para suplir la demanda. Los desafortunados jamás lo perdonarían y tampoco se iban a quedar con los brazos cruzados. Los líderes lo sabían y con terror miraban a la muchedumbre desde las ventanas, que esperaba ansiosa a las afueras del templo en donde mantenían el cuerpo. En vista del problema, los líderes inventaron algo. Luego explicaron el problema y propusieron una solución: hacer harina a base de los testículos y mezclarlo con agua, en un tanque de suficiente volumen para que cada uno pueda tener, no obstante minúscula cantidad, su porción. La gente no estaba contenta. La gente estaba convencida de que los líderes querían robarles su preciada porción de testículo. Eso era inaceptable. La gente, por tanto, en protesta, empezó a tirarle caca sagrada al templo y la situación estaba apunto de salirse de control. Los líderes no sabían qué hacer.
Yo sí sabía qué se tenía que hacer: esa misma noche, en plena protesta, me infiltré en el templo y lo busqué hasta que lo encontré sobre una mesa desnudo y lo secuestré. Al salir, el reflejo de la luna me descubría y me hacía sentir infinitamente vulnerable. Fue una sensación rara y me dejó inquieto. Me arranqué la camiseta e improvisé una tanga y un sostén que le puse. El papa era bastante gordo y le rebosaban las llantas, lo cual fue perfecto. Yo cargándolo como una doncella desmayada, hacíamos una escena tan desagradable que los que eventualmente nos vieron, le causábamos tanta repugnancia que nos evitaban. Antes de salir, sin embargo, alguién nos empezó a llamar desde lejos, a gritos. Me volteo con un pánico indescriptible y lo vi: Cuidadito vayan a cometer una estupidez y enfurecer a los invasores! Y se fue.
Los invasores! Me dije a mí mismo. Me puse la mano sobre la frente. Se me habían olvidado completamente.
Con el papa sobre el piso, reflexioné un rato. Qué chucha, pensé. Levanté el cuerpo y salimos a las afueras a invadir las savanas; y sin tener alguna idea de adonde ir, busqué, como un ciego, el olor de orina que los leones usan para advertir a invasores que estos son sus territorios. Ya adentro, la vegetación era seca, amarilla, con algunos árboles aislados, altos y verdes, en donde busqué refugio. Dejé al papa recostado sobre una piedra. Yo me trepé al árbol adyacente y esperé. Desde arriba, noté que en el rostro del papa se le dibujaba una sonrisa que interpreté de agradecimiento. Quizás, pensé, el papa no quería ser comido y esto es poco posible, porque era la única forma de salir de la prisión en la que estaba condenado permanecer inconsciente por la eternidad. Quizás, pensé, el papa preferiría convertirse en caca de animal que caca humana...
Unos murmullos que surgieron del suelo acabaron con mis divagaciones. Los primeros leones asomaron y en silencio empezaron a comerse al papa. Yo lo vi todo: los desgarres, las mordidas brutales... Acompañé a los leones a lo largo del crepúsculo mientras trataba de entender la preferencia del papa por volverse caca animal.
Un calor intenso sobre mi rostro me despertó y lo primero que vi fue un alto sol sobre un cielo completamente despejado y azulino. Me toqué el pecho, la cara, las piernas… Sigo vivo, pensé. Inmediatamente me he regresado al pueblo y la guerra civil se había desatado; los unos y otros acusándose del rapto del cuerpo y el consumo infinitamente egoísta de la carne pura. Es decir, todo estaba bien. Bruscamente invoqué al pueblo y les dije lo que hice. Me lincharon.
Evidentemente debí haber sido más precavido. Era tan, sin embargo, sorprendente el acontecimiento que nada, absolutamente nada, había ocurrido, que no pude controlarme y me he precipitado.
Recuerdo que, ya sobre el piso, incapaz de repelar y aguantar tanta paliza, casi muerto, rendido, pasearon mi cuerpo por todo el pueblo y fui víctima de un sin fin más de humillaciones. Después me abandonaron en una celda, bajo aislamiento completo, hasta cumplir mi condena que culminaría en mi conversion a caca.
No sé cuánto tiempo anduve encerrado. Lo cierto es que no tardó en que los estudiosos hayan caído en cuenta que no hubo ninguna clase de consecuencia por lo que ocurrió y que, de paso, tal cuerpo haya sido comido por leones.
Algo claro era que los invasores no tenían problema si usábamos los cuerpos para alimentar animales. Yo, por cierto, tampoco tenía problema. Para mí la razón era clara. Para los estudiosos no, al principio, y luego llegaron a la idea de que el propósito de todo el régimen era liberar tantos recursos que hay encapsulados en tantos seres humanos y distribuirlos al medio ambiente, con el fin de que quizás puedan ser utilizados por el reino animal y vegetal, y se promueva la formación de nuevas y nuevas formas de vida. Subrayaban que los recursos que nuestra población entera contenía, estaba fuera de proporción en comparación con el resto de los mamíferos y posiblemente todo el reino animal.
Cuando escuché las conclusiones, me arrepentí de haber secuestrado el cuerpo del papa y haberlo lanzado a los leones. Acostado sobre mi cama, me los imaginaba tirando los cuerpos a los animales por todos lados, mientras ellos conservaban los cuerpos que juzgaban ser puros. Estoy seguro que si se habrían tomado el batido a base de harina de testículo, habrían seguido sus vidas, contentos, y con la creencia de que la nueva generación iba a ser mejor.
Acostado contemplaba el infeliz futuro que había engendrado para mí y el resto de la humanidad, solo, abandonado en una celda, con un gato fofo viéndome desde la ventana. El día de mi conversión finalmente había llegado y dentro de pocas horas seré caca animal. Sonreí y me acordé del papa.
Bruscamente abren la puerta de mi celda y vi a todos los líderes. Me piden que los acompañe. Me llevaron al templo, en donde tenían preparado un banquete exquisito. Me invitaron a comer.
“A pesar de todo, gracias a tu hallazgo, hemos finalmente descubierto los motivos de los invasores”
Hubo un silencio profundo. Seguí comiendo.
“Por lo tanto, necesitamos que armes lo reactores nucleares y hagas explotar al planeta entero. Crees que puedas hacerlo?”
Cogí la servilleta y me limpié la boca. Me levanté y me fui. Encontré el reactor. Era claro que la explosión sería lo suficientemente obscena para acabar con el planeta entero. Puse la cuenta regresiva para que cuente siete segundos y cerré los ojos.
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